El realismo Ruso

La literatura ha servido en multitud de ocasiones para, a través de un marco geográfico concreto, representar la dimensión social y cultural de un lugar. Escritores y ciudades son un bien cuyo análisis resultaría más que interesante.
Por ejemplo, la literatura rusa del siglo diecinueve supo representar a la perfección la situación que vivía la nación. Si leemos ‘Anna Karenina’ o ‘Crimen y Castigo’, la ciudad de San Petersburgo aparece retratada como un escenario de profundas desigualdades donde la aristocracia y la pobreza extrema conviven.
Raskólnikov, personaje protagonista de ‘Crimen y castigo’, novela de Dostoievski, pasea por San Petersburgo y en cada caminata la novela aprovecha para retratar los estratos sociales y para radiografiar la estética y el ánimo de la ciudad.

La ciudad previa a Leningrado también sirve a Dostoievski como escenario para ‘Los hermanos Karamazov’. Por su parte, Tolstói –en ‘Guerra y paz’ y en ‘Anna Karenina’- disecciona las miserias y las infelicidades de la clase más alta de la ciudad rusa.

Reverte Reverte…

El escritor español Arturo Pérez Reverte ha ido forjándose libro a libro un nombre en la historia de la literatura contemporánea de nuestro país. Su afilada pluma y su capacidad para diseccionar la historia y el presente de España han aumentado su popularidad más allá de sus novelas. El discurso narrativo de Pérez-Reverte y las novelas históricas que propone son tan aclamados en estos tiempos, que la cinematografía no ha querido dejar pasar por alto sus historias.
Aunque ninguna de las filmaciones que se han realizado a raíz de libros de Pérez-Reverte ha gozado quizá de una calidad a su altura literaria, sí que es cierto que el autor cartagenero se ha convertido en un auténtico referente para muchos directores, que han bebido de su trabajo a la hora de adaptar historias al séptimo arte.
Dirigida por el colombiano Sergio Dow y filmada en España e Italia, ‘La piel del tambor’ es hasta ahora la última novela de Pérez-Reverte adaptada al cine. En ‘El maestro de esgrima’, el propio escritor se implicó en los trabajos del guión de la película, que salvó los papeles merced a la dirección del veterano Pedro Olea y a la gran interpretación de Omero Antonutti en el papel de Jaime Astarloa; el guión acabó además ganando el premio Goya.
Desde el punto de visto de renombre del director, ‘La novena puerta’, dirigida por el gran Roman Polanski, se lleva la palma. Pero sin embargo, esta adaptación de ‘El club Dumas’, una de las obras predilectas de su autor, no gozó de la calidad deseada. En ‘La tabla de Flandes’, cinta dirigida por Jim McBride, homóloga a la novela, Reverte no quedó contento del todo con las licencias que la película se tomaba, a pesar de la repercusión internacional que el film tuvo. Enrique Urbizu fue quien adaptó en ‘Cachito’ un relato corto del escritor, ‘Un asunto de honor’. En ‘Territorio comanche’, Gerardo Herrero daba vida a las reflexiones de una voz autorizada en la corresponsalía de guerras como Pérez-Reverte.
‘Alatriste’, adaptada al cine por el director Agustín Díaz Yanes, con la interpretación de Viggo Mortensen, acabó también pasando por televisión; en ambos casos, tampoco el éxito fue la tónica imperante. ‘La reina del sur’, ‘Quart, el hombre de Roma’, ‘Gitano’ y ‘La carta esférica’ fueron otras de las películas inspiradas en la obra literaria de Reverte.

La pérdida de la belleza del texto a través de la traducción

Se dice que Freud aprendió la lengua castellana solamente para leer “Don Quijote de la Mancha”, e independientemente de la relación del libro con el psicoanálisis, o más bien, de Sancho Panza con el psicoanálisis pero todos sabemos que Freud no leyó la obra maestra de Cervantes para usarlo como el pilar que construiría uno de los estudios más importantes de la psicología, lo hizo por el simple hecho de que hay algo importante que se pierde en las obras literarias en el proceso de traducción.

don quixote

Sin importar qué tan bueno es el traductor, jamás será mereciente de la obra original, y eso se da porque el valor estético en el arte escrito se resume en las ideas y la selección de palabras, de escrutar una musicalidad al combinar las palabras haciendo una oración que luego podrán convertirse en metáforas o ideas brillantes que te podrán atormentar toda la vida, y todo eso se da por una brillante proyección de las ideas del escritor en las palabras más adecuadas para describirlas.

Sin embargo, no debemos desprestigiar a los grandes traductores, muchos han logrado hacer hermosas traducciones que logran acercarse aunque sea un poco a las originales, lo cual es una proeza, y es algo de admirar, por eso también nos impresionamos al leer la traducción de “The Raven” de Bonalde, o la de Baudelaire, y también las traducciones extraordinarias de más de 60 cuentos de Edgar Allan Poe realizadas por nada más ni nada menos que Julio Cortázar, e inclusive sabiendo que todos estos escritores que realizaron las traducciones son eminencias en el mundo literario reconocidos por los lectores como conformantes de los más grandes en ese campo, de la misma forma ellos saben que la combinación del inglés arcaico con uno más moderno, la selección de palabras que le dio un ritmo perfecto al poema de “El Cuervo”, y el ambiente lúgubre trazado por el mismo agente es algo que ningún otro escritor hubiese podido hacer, de la misma manera que ningún otro es capaz de reescribir “Rayuela”, o “Ulysses” en su idioma nativo y emanar la misma belleza que ellos o cualquier otro escritor logró originalmente.

de Cuenca Premio Nacional de Poesia 2015

El poeta y escritor Luis Alberto de Cuenca ha sido galardonado con el Premio Nacional de Poesía en su entrega correspondiente a 2015. El premio está dotado con 20.000 euros y lo concede el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte para distinguir el trabajo de un autor español que publique en cualquiera de las lenguas oficiales del Estado en 2014. Ha sido la calidad de la obra ‘Cuaderno de vacaciones’ la que ha instado al jurado a premiar a De Cuenca, quien fuera ex secretario de Cultura de España.de Cuenca
El poemario premiado agrupa una serie de poemas escritos en los veranos que van de 2009 hasta 2012. La soledad y la sombra de la vejez y la muerte son los grandes temas sobre los que De Cuenca fue tejiendo el discurso de ‘Cuaderno de vacaciones’. Filólogo, traductor, ensayista, columnista, crítico, editor literario e investigador, este polifacético hombre de letras, muy arraigado a la ciudad de Madrid en su escritura, es además académico de número de la Real Academia de la Historia y académico correspondiente en Madrid de la Academia de Buenas Letras de Granada.
En su obra poética, en la que suele ser habitual un lenguaje muy cuidado al mismo tiempo que cercano a todo tipo de lectores, destacan títulos como ‘Elsinore’, ‘Necrofilia’, ‘El hacha y la rosa’ o ‘Por fuertes y fronteras’. Entre muchas aportaciones realizadas por Luis Alberto de Cuenca a la literatura, podemos citar su talento para incluir en los poemas estampas propias del cine negro norteamericano o de la novela negra.
Entre sus poemas más populares encontramos ‘El desayuno, ‘Noche de ronda’ o ‘Collige, virgo y rosas’. No obstante, su currículum poético y su biografía literaria es tan sumamente extensa que siempre supone un atrevimiento citar algún poema o título obviando al resto. El poeta, actual presidente del Real Patronato de la Biblioteca Nacional de España, posee una voz grave y consistente que le proporciona además fama en el universo poético, merced a la cadente y melodiosa forma que tiene de recitar en público.

Mas info en: http://cultura.elpais.com/cultura/2015/09/28/actualidad/1443440674_903120.html

El amor en el Quijote

Mucho se ha escrito, se ha teorizado y se ha reflexionado acerca de ‘Don Quijote de la Mancha’, la inmortal obra escrita por Miguel de Cervantes allá por 1605, año en que vio la luz la primera parte de la novela, ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’. Realizar un análisis profundo y reposado acerca de su contenido sería una tarea harto imposible que acabaría en más páginas de reflexión de las que el propio libro tiene.
No obstante, entre los muchos enfoques que se dan a la, tal vez, mejor obra de la literatura universal de todos los tiempos, a veces se nos olvida citar que ‘Don Quijote de la Mancha’ es una gran novela de amor. El componente amoroso, idílico y romántico aparece retratado en múltiples vertientes. En primera instancia tenemos el ideal romántico absorbido de la literatura que Alonso Quijano muestra a Aldonza Lorenzo, una buena representación de cómo la ficción es capaz de influir en la manifestación de los sentimientos del individuo.
Pero no sólo Don Quijote es el protagonista de este apartado que comentamos. El cuadrado perfecto de romances y desventuras amorosas tejido entre Cardenio y Luscinda, por un lado, y Dorotea y Don Fernando, por otro, resulta brillante. Los amores imposibles y no correspondidos por culpa de las circunstancias y de los designios adversos de la vida llegan hasta sus últimos extremos, con la locura, la enfermedad y el aislamiento como resultados del desamor. Cardenio y Luscinda estaban prometidos pero entre ambos se entrometió el rico Don Fernando, quien a su vez había confesado su eterno amor a Dorotea. Los cuatro personajes acaban destruidos, cada uno a su manera y en mayor medida, como fruto del ideal romántico no consumado, aunque finalmente lograron disfrutar de un desenlace feliz.
Otra grandísima historia de amor presente en ‘Don Quijote de la Mancha’ es la que enfrenta a los dos buenos amigos Anselmo y Lotario, ambos en lucha encubierta y mal entendida por el corazón de la hermosa Camila. Anselmo pone a prueba la fidelidad de su esposa Camila mediante la colaboración de su estimado Lotario, quien poco a poco va viendo cómo el enredo virtual se consuma en el más sincero y ardiente amor hacia la mujer de su amigo.

Las referencias de Bowie

bowieCon la muerte de David Bowie se va un auténtico referente de la música del siglo veinte que también dejó su personalísima impronta en los tres primeros lustros del tercer milenio. Pero la capacidad de abarcar en el universo cultural de Bowie va sin duda mucho más allá de la música, siendo a su vez conocida su faceta de actor en innumerables películas, algunas de ellas con un regusto inolvidable que aún permanece en el imaginario colectivo. Pero el artista londinense también fue un gran apasionado de la literatura y de todo el halo que de ella se desprende.

Las recomendaciones literarias de Bowie se hicieron públicas mediante un listado en el que invitaba a los lectores a sumergirse en sus cien obras preferidas. El idilio del camaleónico y polifacético artista con el papel le llevó a amar títulos imprescindibles como ‘A sangre fría’, de Truman capote; ‘La naranja mecánica’, de Anthony Burgess; ‘Lolita’, de Vladimir Nabokov; 1984, de George Orwell; o ‘El gatopardo’, de Giuseppe di Lampedusa.
Pero la sapiencia y el conocimiento de Bowie por los libros se mantuvieron hasta sus últimos días. Prueba de ello es que entre sus novelas preferidas se encontrasen títulos publicados en los últimos años, como es el caso de ‘La maravillosa vida breve de Óscar Wao’, que, con la autoría de Junot Díaz, obtuvo el Premio Pulitzer de novela en 2008. Escritores actuales como Susan Jacoby, Howard Norman, Sarah Waters o Lawrence Weschler se incluyen dentro de esta lista de predilecciones del cantante.

En esta lista facilitada por David Bowie, lector voraz durante toda su vida, se percibe el amor que profesaba a muchas obras que fueron publicadas en la década de los sesenta, justo la de su eclosión y estallido artístico. A este tiempo pertenecen obras que resultaron iconos de la contracultura, como ‘Última saluda para Brooklyn’, de Hubert Selby Jr., o ‘Kafka was the rage: A Greenwich villaje memoir’, de Anatole Broyard. Sin embargo, en el listado de libros de Bowie no encontramos ninguno que se hubiese publicado antes de 1945, tal vez un ejemplo de la radiante contemporaneidad que acompañó siempre a este revolucionario del arte.

La invención de Hugo

Ya hace años que el director Martin Scorsese asumió una meritoria labor como historiador y conservador del cine. De hecho, es el presidente de la Film Foundation dedicada a preservar y rescatar todo aquel material cinematográfico amenazado por el deterioro de los años. Una faceta que se ha dejado ver también en su filmografía, sobre todo en su empeño por incidir en géneros y propuestas que recuerdan a los grandes maestros del séptimo arte, como una forma de evitar que se pierdan también las formas y costumbres que han hecho grande este medio. Así Luchino Visconti o Max Ophüls estaban presentes en las imágenes que relataban La edad de la inocencia, mientras las películas de Alfred Hitchcock o las producciones de Val Lewton influían directamente en la concepción de Shutter Island. Todo ello movido por su amor, o en este caso deberíamos hablar de pasión, por el cine y sus obras. La invención de Hugo, su nuevo film, demuestra que esta inagotable devoción, lejos de extinguirse, constituye una poderosa razón de ser en su última trayectoria como cineasta.

Lejos ya de aquellas películas furiosas, de vocación urbana y porosa, con las que gustaba golpear las conciencias de los espectadores y que le granjearon la fama de imprescindible autor norteamericano allá por los años 70, Scorsese se mueve ahora muy cómodo con los grandes presupuestos y en aventuras con propósitos diametralmente opuestos. Ahora se sirve de los últimos y sofisticados avances tecnológicos -es su primera cinta en 3D- y se dirige a un público más amplio, el de las grandes salas. Sin embargo, lo hace siendo fiel a sus principios, dejando una inequívoca impronta, su entusiasta voluntad cinéfila, en cada uno de los fotogramas que rueda. En ese sentido, The Invention of Hugo Cabret, The_Invention_of_Hugo_Cabret novela publicada e ilustrada por el escritor de libros infantiles Brian Selznick, es un material idóneo para que el director de Uno de los nuestros ejerza libre y amorosamente esta ‘voluntad’. Entre otras cosas porque, a través de esta bonita fábula, intenta reconstruir los últimos años del primer artista cinematográfico, Georges Méliès, al tiempo que elabora una sentida carta de amor hacia el séptimo arte.

La premisa no puede ser más dickensiana -con lo que este novelista ha contribuido al cine-. Un joven huérfano (interpretado por Asa Butterfield) cuya única posesión es una curiosa herencia paterna, un autómata estropeado que el chico ambiciona reparar porque quizá su difunto padre (un breve Jude Law) intente comunicarse a través de él -última esperanza para un niño perdido que necesita respuestas y una despedida en condiciones de su progenitor-, vive solo entre las paredes de la estación de tren de París como un espíritu invisible que da cuerda a sus relojes, pero siempre temeroso de ser descubierto y enviado a un terrible orfanato. Su empeño en la restauración del muñeco mecánico le lleva a realizar pequeños hurtos en una juguetería regentada por un adusto anciano (encarnado por el actor Ben Kingsley). Así será como Hugo Cabret, que es como se llama el protagonista, conocerá el misterio que envuelve la enigmática figura del juguetero y obtendrá más revelaciones de las que había previsto.

El autor de Malas calles consigue recrear, sin contar con un argumento necesariamente fantástico, eso tan difícil de conseguir que es la magia cinematográfica. Apoyado por su equipo de los últimos años -el director de fotografía Robert Richardson, el diseñador de producción Dante Ferretti, la diseñadora de vestuario Sandy Powell y el compositor Howard Shore- crea un espacio ficticio único, arrebatadoramente quimérico, donde la fábula tiene cabida. Un universo aparte de personajes puros que se engrandecen en su interrelación -el quiosquero y la dueña del café, la florista y el guardia de la estación, las mascotas caninas que por allí circulan o el entrañable librero que interpreta Christopher Lee-, tal y como el cine clásico habría hecho. Todos moviéndose en un mundo entre la ensoñación y la realidad. Ese que sólo puede esconderse dentro del celuloide. Porque precisamente es a él a quien se rinde tributo, al séptimo arte y a uno de sus más decisivos artífices: Méliès. Alguien que entendió perfectamente el poder que el cine tenía para narrar historias cuando sólo era una atracción de feria.